1º
Los dioses acalorados una mañana de Octubre
Cubriendo el estanque de soles de plata
Vertieron lo azul a la orilla
Y descalzos, se hundieron como salvajes tapires
No dijeron No exclamaron sus rayos a la tierra
Sus relámpagos a la arena
Ni sus voces al viento embravecido
Nadie los escuchó
Pero la duna declinaba capricornios
En las feroces llamas del transparente abrevadero
Cuando todos los hombres bebimos
De su sangre.
Así comenzaron los satélites
A revolotear
Sobre el adusto magneto de Marte
Los anillos de roca en Saturno
Las grandes tormentas de Júpiter
Los negros bordes de la muerte
Donde Plutón solo y frío
Tiritaba.
2º
Embalsamados los mortales repetimos el conjuro
A toda voz el coro de las épocas
El polvo al viento, el ojo al mar
Donde algunos dijeron ver al sol
Ponerse
Y volver a salir
Al oeste del tiempo eclipsado por la pluma de un fénix
Fósil de luz como las estrellas
O los lunares del amor en la penumbra,
Ése sol que florecía girando
Reteniendo los suspiros de las bestias
Y las blancas potestades,
Apenas sí distrajo a las gaviotas
Y a los grises magos
Que pronunciaban -graves-
Su piramidal conjuro
Como una montaña gélida cayendo
Sobre diez mil lenguas enlazadas.
...
Ése sol
Del puro color del espacio
Algunas aves lo vieron,
Otras no,
Pero al final
Del extasiado conjuro de la historia
Ninguno de los muertos
Se puso de pie
Para llegar a su trabajo.
3º
Habíamos rechazado la criatura que nos dejó el estanque
Tenía tantos pies con pulgar y cuatro dedos
Como tenazas en las costillas como ojos en la nuca
El número cabalístico de una maldición hutu a los chilcanos
De una profecía de blandos perros muertos
De hijos derramados sobre rosales incoloros
O sombras de luz en un desierto maya.
Rechazamos semejante sistema
De desproporciones rigurosas
Con el horror en los rostros y el desgarramiento de camisas
Asustados y heridos por su mirada
Recurrimos al cincel
De nuestros escultores de deidades
...
Le hicimos las respectivas
Modificaciones.
4º
Me devasté como el arroyo a fin de siglo
Como el Misti o el Kilimanjaro, dejé mis lágrimas secas
Bajo el torrente de partículas solares
Desprovista de noche,
La tierra se inflamaba
Como la antorcha de un malabarista
Sin contar los restos de sodio
Ni la bruma tensa
De la voluntad como una roca
Que se extiende Sobre el mundo
En lugar de árboles.
La tierra se dejó llevar de los tornados silenciosos
Que avanzaban
Sobre las prósperas metrópolis
Y sus domos de concreto
Que resguardan los felices barrios
Junto a los verdes altares
De ése dios por-venir
Como entonces las cruces de mayo.
Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel
Hace 4 semanas

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