Aderezos, caldera que bulle manteles y tenedores
Color a tarde se saborea de rojo y naranja
Tus ojos cuelgan de los barrotes
Y pasan, en círculo, veloces y agitados
Como terral que te carga de los pies hasta la mesa
Hasta los pisos y platos hondos, profundos
Como el frío de la piel, de las manos en el lavadero
De las manos que danzan juntas como surcidas
A un solo punto.
Gotas de lluvia, aparaguan tus párpados
Observan todo tu giroscopio flotando húmedo
Bajo el silencio nublado y el ombligo que se aparta de ti
Sentándose en la silla con un pelapapas.
Sonríe, el abrazo en tu azotea
Gran abrazo de caimán, oso que gruñe a risotadas
Cuando el angel clava su hoja al herido paso
De diabólicos matices, mientras las capas bailan
Con las serpientes y el fuego de tu boca
Resuenan silbatos en la espalda de la calle. Fin de la fiesta.
Cancha de cemento, bajo las zapatillas blancas
Florecen alegrías ajenas,
Tu lejanía se parece al cactus bastardo que se halla en el jarrón
Al cactus de la sombra azul y fría
Sosegado pinchar de los mosquitos por las mañanas
Tu lejanía se parece al himno nacional de los cactus en maceta
A los anchos gavilanes
O a los crudos caballeros que cargan sus molinos por doquier
Cruces, polladas, aniversarios del globo proyectil o raymis,
El tropel de todos siempre ha de ser algarabía, refundada
Tántas veces como la eternidad y el retorno permiten
Estaciones humanas de risa y tragedia.
El suelo es un metal indisoluble que te deja peinado,
La gomina trasluce tierra y gelatina sobre las hojas
De tu cuaderno
La gelatina, otra vez, enfría, como el cuerpo de un NN
Todavía fresco, vibrante. El tiempo comprobará su simetría
Porque el frío exánime tranquiliza las horas. Tu carácter
Como agua mañanera, carece de carbones
Y sabe a muerte anticipada.
Tu canción es un chasquido que se nutre con tu almorzar, largo, larguísimo
de las nubes como plastilinas que zarpan los mares índigo
Corsario, tu señalar ideas que escapan de tus ojos y llegan a los nimbos
Cúmulos, llamando al silbido amable de los perros. Ladrar del viento acaecido
Y roca como ninguno, hecho exámen aprobatorio.
Trompetas y tambores, cada lunes por los siglos de los siglos
Corbatas gráciles cubiertas de sol y crujientes
Cremoladas como rombos en el cuello.
¿Qué quiere decir “adobo incuyado en tus muelas”?
Qué, sino correr agitando el pelaje con cientos de crías
Amontonadas en tus oídos, tiritando, chupándote la chicha
Del pecho embadurnado con aceite.
Qué, sino la rica cocción dominguera de las faringes
La sonrisa del padre sobre el plato, las palmadas
Rozagantes o la Tía mariscala de la olla.
Qué sino gritar “provecho” con migajas en los labios
Y una sonrisa vacua para el estómago lleno.
¡Provecho!
Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel
Hace 4 semanas

0 comentarios:
Publicar un comentario